Lo Divino de “lo humano” es distinguir entre el bien y el mal

Días atrás estábamos participando de una videoconferencia con otros cientos de colegas en estas nuevas plataformas digitales que se presentaron en nuestras vidas como una forma de mitigar el aislamiento social durante la cuarentena, que nos deja encerrados y a la vez vulnerables. Mientras transcurría la conferencia irrumpió ante nuestros ojos incrédulos e indefensos, imágenes desgarradoras de un abuso sexual infantil. Habíamos sufrido un ciberataque. No podíamos defendernos de esta agresión que produjo en nosotros: sorpresa, vergüenza, repugnancia, impotencia, y miedo. Sabemos que los abusos sexuales en niños existen y estamos en conocimiento de las consecuencias devastadoras y definitivas que marcan al psiquismo en edad temprana. Al poco tiempo escuchamos en los medios de comunicación que algunos jueces deciden dar prisión domiciliaria, entre otros, a presos que han cometido delitos sexuales, violadores y pedófilos, y con esto la posibilidad amenazante de que víctimas y victimarios puedan volver a enfrentarse reavivando en la víctima el dolor y el miedo del trauma siniestro. Y entonces se repite lo que nunca debería haber pasado: aquellas personas en quienes descansa nuestra confianza (familiares e instituciones como la Justicia) vuelven a dejar a las victimas expuestas y vulnerables. Nos damos cuenta que de lo irreparable e irreversible que es para la psiquis del niño que quienes deben cuidar y ayudar a construir sus mentes nuevas sean quienes bajo el ala de lo familiar, lo cotidiano, lo legal, muestran su crueldad, poder y tiranía. Lejos de constituirse como un sujeto el niño es el objeto permanente del abuso, transita un camino hacia lo indecible, hacia el desamparo más absoluto. Cuando un niño es abusado sexualmente confronta en su aparato psíquico inmaduro hechos y sensaciones que no puede alcanzar a entender porque provocan estímulos sexuales altamente dimensionados. Sobre un yo corporal rudimentario la sobreexcitación externa e intrusiva impide que el niño pueda procesar esa cantidad de vivencias catastróficas dejándolo traumatizado para siempre. ¿Cuáles son las cicatrices de esta brutal vulnerabilidad violentada? El cuerpo que ha sido abusado es vivido con vergüenza y desprecio, es un cuerpo sentido como extraño que probablemente en un futuro podría ser víctima de autoagresiones corporales. También podría ejecutar en los demás aquello que sufrió pasivamente buscando otra manera de ser castigado. Así mismo se ven afectadas otras áreas de su personalidad con estados de ansiedad incontrolables, vivencias persecutorias y de culpa, estados de confusión con poco reconocimiento de la realidad externa. El niño al verse impedido de procesar tal excitación sexual, deviene en un adulto afectado en su sexualidad de distintos modos: disfunciones sexuales, falta de deseo sexual, elecciones patológicas de pareja, inhibiciones de la sexualidad etc.
Para terminar quiero compartir estos conceptos de Juan Tesone sobre los efectos abusivos de la sexualidad del niño: “Para el niño será triplemente traumático: por la intrusión y sobrecarga del hecho en sí mismo, por la excitación alienante que le produce, sin acuerdo ni deseo y por la experiencia de subjetivación que el hecho implica”.

Psic. Matilde Mijelman.
Miembro de la Asociación de Psicoanálisis de Rosario.